
¿Alguna vez han pensado qué sucedería si pudiéramos vivir el amor libremente? Me refiero a la posibilidad utópica de simplemente no tener que preocuparse por aquella presión constante que la sociedad nos hace sentir sobre un hecho que jamás debería estar matizado por otro que no seamos nosotros mismos; es decir, elegir. ¿Se han cuestionado este hecho? ¿Cuántas de nuestras decisiones están teñidas de lo que la sociedad exige como lo necesario para vivir la vida? ¿A quién no le ha atormentado jamás aquél dicho y canción que dice “no se puede vivir del amor”? Quién no ha pensado a veces que quizás tiene a su lado al amor de su vida, pero ¿de que vamos a vivir? y sobrevienen las dudas como: “quizá no me convenga”, “tengo que buscar a alguien que me de estabilidad”.
En la clínica me han tocado dos versiones respecto a este mismo hecho (me remito al mayor número de casos, o sea, género femenino). La mujer que se casó con el amor de su vida, con aquél que le mueve el mundo, con aquél que cada vez que puede le saca mil sonrisas, con aquél que prometió vivir por y para ella con el fin de hacerla feliz. Pero claro, contextualizando el caso a nuestro país, o sea nuestra sociedad próxima, el hombre no tenía la carrera con futuro, el “sostén” de una familia con bienes, el futuro más menos estructurado. Por lo tanto, el amor se va desgastando, las discusiones por “plata” van matando “las mariposas”, y aunque el amor sea intenso cada vez que están juntos, la problemática económica se transforma en el tópico habitual.
El otro caso pues, es aquella mujer que quizá dejó pasar al hombre anterior, ya que la presión social no le permitió “jugársela” y optó por buscar la estabilidad. Sea ésta económica, emocional, sexual, valórica, en fin, la anhelada estabilidad. Sin embargo llegan cuestionándose la vida desde una manera muy particular. Se sienten bien, tranquilas, pero es una tranquilidad tan conmovedora que las mantiene constantemente preguntándose como habrá sido vivir al lado de un hombre que les provocara todo lo que alguna vez sintieron, esa sensación de estar vivas, de sentirse plenas, de mirar a los ojos del otro y sentir que la vida no tendría sentido si no estuviese a su lado. En fin señores, la mera sensación de sentirse enamorados. ¿Quiénes aún lo sienten? ¿Cuántos quizá lo asemejan a un hermoso recuerdo? ¿Cuántos se arrepienten por no haber optado por eso? ¿Cuántos otros reafirman que del amor no se vive? Otros dirán, ¿y porque se omite la estabilidad, si quizá pueda realmente ser placentera? Y la verdad que sé yo. Pero si sé y creo, que somos seres polares, que por mucho que estemos estables, tendemos hacia algún extremo. A la vez, sostengo que por aquella extraña pero inherente curiosidad humana, siempre y para siempre nos cuestionaremos qué hubiese sucedido de haber elegido otra opción (sea consciente o inconscientemente).
Para finalizar, me gustaría contarles de una señora que tiene 78 años que traté por casi 4 meses. Ella lloró contándome que toda su vida estuvo enamorada de un hombre que no era su marido, un hombre que amó desde muy joven. Y siempre me repitió que creyó estar enamorada de su marido porque lo amó por el tipo de persona que era. Al otro, me explicó, lo amó y ama por lo que la hacía sentir, por lo que provocaba en ella. Señores, de este caso saqué la conclusión más sana que he sostenido, enamorarse no implica lo que la otra persona es, hace para ti, tiene, vive, etc. El enamorarse implica lo que esa persona que elegiste te hace sentir.